Regaliz


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Catequesis

Archivado en: Uncategorized — admin @ 8:41

Buenos días mis queridos hijos. Gracias por venir a catequésis mis niños. Yo soy Vicente Pérez, el nuevo párroco de San Juan. Tengo treinta años y nací en Fuerteventura, en Agua de Bueyes concretamente. No se parece nada a esta isla verde pero es muy bonita. Desde pequeño he vivido entre sacerdotes, ya que desde chico mis padres no tenian ninguna manera de mantenerme economicamente y me cedieron a la casa de Los Paules. Esto es una congregación donde convivimos todos los sacerdotes de la Zona Norte de la isla. El Padre Pedro, mi papá adoptivo, fue mi guía espiritual y terrenal. Él junto a los demás padres me cuidaron y me regalaron mucho amor. En fin, gracias a ellos estamos hoy aquí todos reunidos. Me encantaría que se fueran presentando uno a uno y así luego nos conocemos todos y podemos ser amigos. Se presentaron todos los niños, hasta que llegó al pequeño Carlitos. Este niño de siete añitos permanecía en silencio observándome. ¿Cómo te llamas hijo mío? El chiquillo me miraba asustado sin pronunciar palabra. Así pasamos las dos horas del catesismo y la preparación para el primer encuentro con Dios. Cuando de mis labios salieron las palabras “pueden ir con Dios” todos se levantaron de un respingo y huyeron como si de una jauría de perros se tratara. Salí tras de ellos para acompañarlos a la plaza y allí los ví, jugando al fútbol. Me emocioné al comtemplarlos porque nunca tuve una infancia tan libre y despreocupada. De repente apareció a mi lado un ángel. Se me presento como María y venía a recoger a su hijo. Yo nada más le sonreía, le miraba esos preciosos ojos verdes. De un momento a otro cogió al tímido Carlitos y caminaron hacia el exterior de la plaza y dirigiéndose calle arriba. Mi corazón latía intensamente y mi ojos no podían dejar de mirarla. Al rato entré en La Iglesia y apareció con ello mi sentimiento de culpabilidad. Esos sentimientos no deberían de haber surgido nunca. Todo ese día y el posterior estuve rezando y rogándole a Dios clemenencia por esos dulces pensamientos impuros. Todo quedo así, hasta que llegó el domingo y las dos horas de catequesis y la cotidiana comunión de este festival día. Eran las siete de la tarde cuando se acabó mi jornada laboral y me dirigía a la casa de Los Paules a descansar. Cerraba la puerta de la sacristía cuando reapareció mi ángel. María está más bonita que el encuentro anterior, con su vestisdo estampado de flores rosas que se le ceñía a la cintura. Ella con una preciosa sonrisa me dijo: ‘Buenas noches padre ¿Se acuerda de mí?, la mamá de Carlos. Mire, él no pudo venir hoy a la catequesis porque se encuentra indispuesto de la barriga, pero sí vendrá la próxima semana. Era para decírselo y que contara con él. ¡¡Aay!!, me tengo que ir que mi niño está solito. Que tenga buena noche padre.’ Mi querubín salió corriendo de nuevo calle arriba y sin perder su preciosa sonrisa. Yo la recordaba recorriendo la plaza de mi parroquia cuando de un momento a otro surgió de la nada la persona más perversa que he conocido hasta ahora. Doña Concha se me acercó murmurando y regañando su rostro surcado por unas profundas arrugas, me comentó: ‘No le haga caso a esa, padresito, que es una gorfa ¿Quién será el padre de ese mocoso desnutrido?’. Con la misma técnica que apareció esta señora correvidile desapareció. Pasé toda esa semana pensando en mi querida flor y pidiéndole a continuación perdón a mi Señor por esos maravillosos sentimientos que jamás había conocido. Así pasaron los meses y junto a ellos mi relación de amistad con mi amor secreto. Todos los días de la semana ella y su hijo Carlitos me ayudaban con las misas ordinales y con la preparación y limpieza de la parroquia. Así transcurrieron los dos siguientes años hasta que un día sucedió algo. Era domingo muy temprano y me dirigía a entrar en La Iglesia. Dentro ya estaban, como de costumbre mi María y mi Carlos, que se había convertido en un buen acompañante y amigo. Limpiamos todo el templo y le colocamos flores nuevas a cada santo, cuando de repente escuchamos un gran bullicio. Salimos a la plaza y mis ojos comtemplaron qué sucedía. Era una manifestación en mi contra, encabezada por Doña Concha, la mal intencionada. Mis vecinos gritaban que me fuera, que no me querían en su casto pueblo. De este modo paso el día y las dos semanas siguientes. Mis manifestantes vecinos, bueno la gran mayoría, acudieron a confensarse y a pedirme perdón bajo la privacidad del confesionario. Cuando esa misma noche llegué a mi casa, la de Los Paules, encontré una carta sobre mi lecho. Se me puso el corazón a correr como la primera vez que ví a María y ella se dirigió a mí. El remitente del correo era el episcopado y en ella me decía que a partir de ese día me expulsaban del sacerdocio. Un gran alivio se apodero de mí, ya que no iba a engañarme más a mi mismo ni a Dios, mi Señor. Se me aflojaron hasta las piernas y tuve que tomar asiento en mi cama de fajina. De esta manera pasé la noche, la más larga de mi vida. Ya al alba me puse en pie y andé a la casa de María a despedirme. Llegué allí, a lo alto de la calle San Juan, con el corazón encogido por la tristeza. La casa estaba abierta, como es costumbre acá, y le grité su nombre para que saliera. Mi precioso ángel salió rápidamente con su traje de faena toda llena de harina, ya que era panadera. Mientras le quitaba un poco de este blanco polvo de su bello y suave rostro le contaba que me iba del verde pueblo a la faldas del Teide. Ella me abrazó fuertemente y rompió a llorar, igual que mi corazón. No me quería separar de ella ni de Carlos, pero tenía que agachar la cabeza y huir de la vergüenza. Ya más tarde salía de la parroquia y me dirigía a coger camino, solo de nuevo. Me despedí de los vecinos que se acercaron y cogí rumbo hacia la villa abajo. Estando allí sentado sin saber que iba a ser de mi vida,ni a donde iba a ir, escuché mi nombre. Me volteé y allí estaba mi ángel con mi niño preferido, con sus maletas de madera dispuestos a dejar su vida atrás y venirse a laventura junto a mí. Qué feliz soy desde entonces junto a mi ángel y a mi querido hijo Carlos. Islas Canarias, 1955.

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