La sandía palicosa (2)
Archivado en: Cuentos — admin @ 11:51
Era ya una tradición. La palicosa sandía nos contaba todos los días sus cosas. Sobretodo sus peleas con el único gallo de la finca. Según ella, el rey del corral pasaba cada amanecer demasiado cerca de sus hojas. Le recriminaba constantemente que por su culpa ella no iba a poder desarrollarse, tener buen color y sabor. La única que conseguía tranquilizarla era ella.
Continuará…
Ningún comentario (0)Archivado en: Poesía — admin @ 10:25
pero ahí apareciste tú
con tus gafas rumberas ,
colocándome entre algodones.
Todo a tu lado es más fácil,
el dolor es huidizo, temeroso.
La inseguridad lo caracteriza.
Tu corazón se ablanda al mirarme a los ojos,
tus miedos desaparecen
surgiendo ese valor y fuerza,
con la que me rescatas de esos lúgubres pasajes.
La sandía palicosa
Archivado en: Cuentos — admin @ 10:18
Ella iba todos días a visitarlas, les hablaba, las escuchaba atentamente. La que más palicaba era la sandía con su voz de pito tan graciosa. !Chiquita parlanchina!, nos volvía a todos locos en un momento. Se reunían todas, mientras ella nos regaba.
Continuará…
Ningún comentario (0)La luna, Juan Luis y yo
Archivado en: Poesía — admin @ 5:18
Larga noche,
de sentimientos diversos.
Desde la tristeza, pasado por la
desconfianza y hasta llegar al amor.
Echar de menos a ese ente
que visita y busca mi corazón
de vez en cuando,
con ansiedad y deseos de apoyarse en mi pecho
y escuchar de lejos el latir de mi tambor.
Mis brazos lo acogerían.
Te acogerían los días y
las noches sin exclusión alguna
y así
sentir nuestra respiración en una.
(Domingo, muy temprano. Son las 6 de la mañana del mes de Agosto, en su tercer día )
Ningún comentario (0)Lindo despertar
Archivado en: Cuentos — admin @ 10:40
!!Que despertar más plácido!! El calor y la comodidad de una cama confortable, acogedora con sus mantas de toda una vida. Sin abrir aún los ojos puedo escuchar el cantar de los pájaros y el gallo tras la ventana del cuarto. En ese mismo instante, voy girándome y me choco con algo que no me deja seguir rodando por la cama. Por fín me decido abrir los ojos para ver qué me había estropeado mi dulce despertar. Primero una pequeña rendija que ni siquiera me permitía ver lo que se hallaba delante de mí. Entonces desperezándome y ronroneando, como un gatito, despegué mis párpados del todo. Bueno, en realidad todo aquello que me permitiese ver quién me acompañaba. !Mmmm!, qué delicioso amanecer, pensé cuando ví al hombre que me hacía compañía. Él aún dormía como un bebé, mientras yo le observaba. No tengo palabras para describir lo feliz que me sentí en ese instante de mi vida.
Ningún comentario (0)Catequesis
Archivado en: Cuentos — admin @ 8:41
Buenos días mis queridos hijos. Gracias por venir a catequésis mis niños. Yo soy Vicente Pérez, el nuevo párroco de San Juan. Tengo treinta años y nací en Fuerteventura, en Agua de Bueyes concretamente. No se parece nada a esta isla verde pero es muy bonita. Desde pequeño he vivido entre sacerdotes, ya que desde chico mis padres no tenian ninguna manera de mantenerme economicamente y me cedieron a la casa de Los Paules. Esto es una congregación donde convivimos todos los sacerdotes de la Zona Norte de la isla. El Padre Pedro, mi papá adoptivo, fue mi guía espiritual y terrenal. Él junto a los demás padres me cuidaron y me regalaron mucho amor. En fin, gracias a ellos estamos hoy aquí todos reunidos. Me encantaría que se fueran presentando uno a uno y así luego nos conocemos todos y podemos ser amigos. Se presentaron todos los niños, hasta que llegó al pequeño Carlitos. Este niño de siete añitos permanecía en silencio observándome. ¿Cómo te llamas hijo mío? El chiquillo me miraba asustado sin pronunciar palabra. Así pasamos las dos horas del catesismo y la preparación para el primer encuentro con Dios. Cuando de mis labios salieron las palabras “pueden ir con Dios” todos se levantaron de un respingo y huyeron como si de una jauría de perros se tratara. Salí tras de ellos para acompañarlos a la plaza y allí los ví, jugando al fútbol. Me emocioné al comtemplarlos porque nunca tuve una infancia tan libre y despreocupada. De repente apareció a mi lado un ángel. Se me presento como María y venía a recoger a su hijo. Yo nada más le sonreía, le miraba esos preciosos ojos verdes. De un momento a otro cogió al tímido Carlitos y caminaron hacia el exterior de la plaza y dirigiéndose calle arriba. Mi corazón latía intensamente y mi ojos no podían dejar de mirarla. Al rato entré en La Iglesia y apareció con ello mi sentimiento de culpabilidad. Esos sentimientos no deberían de haber surgido nunca. Todo ese día y el posterior estuve rezando y rogándole a Dios clemenencia por esos dulces pensamientos impuros. Todo quedo así, hasta que llegó el domingo y las dos horas de catequesis y la cotidiana comunión de este festival día. Eran las siete de la tarde cuando se acabó mi jornada laboral y me dirigía a la casa de Los Paules a descansar. Cerraba la puerta de la sacristía cuando reapareció mi ángel. María está más bonita que el encuentro anterior, con su vestisdo estampado de flores rosas que se le ceñía a la cintura. Ella con una preciosa sonrisa me dijo: ‘Buenas noches padre ¿Se acuerda de mí?, la mamá de Carlos. Mire, él no pudo venir hoy a la catequesis porque se encuentra indispuesto de la barriga, pero sí vendrá la próxima semana. Era para decírselo y que contara con él. ¡¡Aay!!, me tengo que ir que mi niño está solito. Que tenga buena noche padre.’ Mi querubín salió corriendo de nuevo calle arriba y sin perder su preciosa sonrisa. Yo la recordaba recorriendo la plaza de mi parroquia cuando de un momento a otro surgió de la nada la persona más perversa que he conocido hasta ahora. Doña Concha se me acercó murmurando y regañando su rostro surcado por unas profundas arrugas, me comentó: ‘No le haga caso a esa, padresito, que es una gorfa ¿Quién será el padre de ese mocoso desnutrido?’. Con la misma técnica que apareció esta señora correvidile desapareció. Pasé toda esa semana pensando en mi querida flor y pidiéndole a continuación perdón a mi Señor por esos maravillosos sentimientos que jamás había conocido. Así pasaron los meses y junto a ellos mi relación de amistad con mi amor secreto. Todos los días de la semana ella y su hijo Carlitos me ayudaban con las misas ordinales y con la preparación y limpieza de la parroquia. Así transcurrieron los dos siguientes años hasta que un día sucedió algo. Era domingo muy temprano y me dirigía a entrar en La Iglesia. Dentro ya estaban, como de costumbre mi María y mi Carlos, que se había convertido en un buen acompañante y amigo. Limpiamos todo el templo y le colocamos flores nuevas a cada santo, cuando de repente escuchamos un gran bullicio. Salimos a la plaza y mis ojos comtemplaron qué sucedía. Era una manifestación en mi contra, encabezada por Doña Concha, la mal intencionada. Mis vecinos gritaban que me fuera, que no me querían en su casto pueblo. De este modo paso el día y las dos semanas siguientes. Mis manifestantes vecinos, bueno la gran mayoría, acudieron a confensarse y a pedirme perdón bajo la privacidad del confesionario. Cuando esa misma noche llegué a mi casa, la de Los Paules, encontré una carta sobre mi lecho. Se me puso el corazón a correr como la primera vez que ví a María y ella se dirigió a mí. El remitente del correo era el episcopado y en ella me decía que a partir de ese día me expulsaban del sacerdocio. Un gran alivio se apodero de mí, ya que no iba a engañarme más a mi mismo ni a Dios, mi Señor. Se me aflojaron hasta las piernas y tuve que tomar asiento en mi cama de fajina. De esta manera pasé la noche, la más larga de mi vida. Ya al alba me puse en pie y andé a la casa de María a despedirme. Llegué allí, a lo alto de la calle San Juan, con el corazón encogido por la tristeza. La casa estaba abierta, como es costumbre acá, y le grité su nombre para que saliera. Mi precioso ángel salió rápidamente con su traje de faena toda llena de harina, ya que era panadera. Mientras le quitaba un poco de este blanco polvo de su bello y suave rostro le contaba que me iba del verde pueblo a la faldas del Teide. Ella me abrazó fuertemente y rompió a llorar, igual que mi corazón. No me quería separar de ella ni de Carlos, pero tenía que agachar la cabeza y huir de la vergüenza. Ya más tarde salía de la parroquia y me dirigía a coger camino, solo de nuevo. Me despedí de los vecinos que se acercaron y cogí rumbo hacia la villa abajo. Estando allí sentado sin saber que iba a ser de mi vida,ni a donde iba a ir, escuché mi nombre. Me volteé y allí estaba mi ángel con mi niño preferido, con sus maletas de madera dispuestos a dejar su vida atrás y venirse a laventura junto a mí. Qué feliz soy desde entonces junto a mi ángel y a mi querido hijo Carlos. Islas Canarias, 1955.
Ningún comentario (0)Carta de una bella doncella
Archivado en: Cuentos — admin @ 8:47
¿Buena tarde ha pasado mi fiel caballero? Con todo mi corazón se lo deseo. En este momentáneo relato ansío decirle cómo me he encontrado. Gracias a la educación con la que me ha premiado mi padre, Don Vicente el Duque del Maccorag de la Orotavach, me he comportado como la señorita de buena familia de la que procedo. Desde el alba me estimulo con el canto de los dulces querubines que vienen a cantar a mi ventana. Luego mis doncellas me colocan mi elegante indumentaria con mis zapatos de diamantes y acudo con mi madre, La Condesa de San Joan de la Piedad, a tomar el desayuno. Después de tomar mi fruta fresca traída de las Américas semanalmente, me encuentro con mi profesor el Señor Rosnaus. Éste me instruye para ser una excelente esposa y cuidadora de mi residencia. Aprendo muy rápido las técnicas para podar y plantar bellas flores en los jardines principales y exteriores de mi casa. También he aprendido a coser, a tocar el piano y a cantar. Esto último lo hago como los ángeles. Cada domingo, somos visitados por el Rey Carlos Amado y su esposa, la Reina Sofie del Maxorrach Medium. Yo les canto dulcemente durante el te y ellos se emocionan al escucharme. A pesar de todo lo que soy y lo que posee mi familia, yo no me encuentro feliz desde su partida. Mi fiel caballero, desde que no lo tengo enredado en mi cuerpo y entre mis sábanas de seda, mi estado es melancólico. Usted es lo que más desea mi alma y mi ardiente jóven y esbelto cuerpo. En fin, donde quiera que se encuentre, mi apasionado caballero, espéreme que yo renuncio a la espléndida vida que poseo para huir con vos. Así seremos felices juntos para siempre. Si su corazón no arde de pasión cada vez que piensa en mi suave rostro, mis dulces y erectos pechos y enderezadas nalgas, mi valiente amor, hágamelo conocer de alguna manera. Si es así aceptaré el matrimonio que mi padre, el Duque tiene acordado desde mi infancia con su atento amigo el Rey Carlos Amado. Me casará con el príncipe e hijo Victor del Medáno en La Catedral de su castillo en cuatro sábados. Si usted todavía siente latir su corazón por mí, rescáteme de esta celda en la que me encuentro enjaulada.
Un ardiente beso de una dulce y apasionada Fernanda.
Ningún comentario (0)La niña de Los Lavaderos
Archivado en: Cuentos — admin @ 5:29
Cuando yo era una chiquilla, así como tú, trabajaba en casa de la Marquesa. Ella vivía con su familia en la casa grande que esta allá abajo llena de flores de colorines. Aunque cuando ella estaba en vida, la casa era más hermosa y resplandeciente. Ahora los hijos peleándose por la herencia y la tienen abandonada. Yo trabajaba con unas muchachas más de mi edad. Tendría yo unos 24 años. Yo estaba de muy bien ver, no como ahora llena de arrugas y esperando ya la visita de la dama negra. Allí me ganaba unas perritas lavando y planchando la ropa. Pero antes no se hacía tan fácil. Antes no existían lavadoras y en mis manos lo puedes ver. Yo iba todos las mañanitas con Juana, la hija de Doña Jacinta, la panadera, a la Villa Arriba a lavar la ropa a Los Lavaderos. En este sitio, miniña, nos encontrábamos todas las muchachas que limpiábamos las mansiones de los cuatro ricos que vivían en La Orotava. Juana y yo hicimos amistá con la niña que le limpiaba a los Monteverde. Asunción se llamaba ella. Era la más jovencita de todas. Tenía 13 años recién cumpliditos. Con el tiempo nos contó que el señorito de la casa la andaba buscando por todos los rincones. Antes, miniña, las cosas funcionaban así. Había mucha pobreza y hambre y había que aguantar lo que viniera. Si el hijo de la marquesa se encaprichaba en Asunción, se miraba pal otro lado. ¡Muchas penas pasé yo al ver a esa criatura todo los días, con esos ojitos de miedo y resignación!
Ningún comentario (0)María
Archivado en: Cuentos — admin @ 9:24
Ella estaba metiendo sus pertenencias y sus penas dentro de un saco de papas. María, que así se llamaba ella, se despedía de su vida y de su familia para dirigirse a su nuevo hogar. Caminaba con sus alpargatas y su sencillo traje de diario por la calle abajo con lágrimas cayendo por su pueril rostro. Miraba patrás diciéndole adios con la mano a su querida madre que se encontraba asomada al postigo de la casa. María estaba desolada por no haberse despedido de su padre y tener que huir de sus penas y vergüenzas. Pasó todo un día cuando la muchacha llego a su nueva casa. Ésta era grande y hermosa. Tenía un gran patio central con una fuente, donde los pájaros bebían agua y altos balcones de madera. Estaba en la La Laguna. Ella entraba sin fuerza al convento, pero no estaba sola. En su panza tenía la deshonra de la familia.
Ningún comentario (0)Todo el contenido © Regaliz 2007.
Diseñado por Political Monster / Kerplunc.